Historia de un perro abandonado 

Perro abandonado

“Y estaba ahí, calentito, junto al fuego, y mi humano me acariciaba, y me abrazaba, y me hablaba como si acaso esperara que le respondiera.

Todo era perfecto. Yo le tenía a él y él me tenía a mí. Gozaba restregándome en mi cama cuando llegaba del paseo, ese paseo que dabamos juntos por el parque. Allí teníamos nuestro grupo de colegas, yo jugaba y él charlaba. De vez en cuando salíamos juntos a correr o a tomar un aperitivo si era domingo y, luego, disfrutábamos de una siesta juntos en el sofá mientras veíamos una película. Nos encantaba vivir aventuras juntos.

Solíamos aprovechar las vacaciones para salir a conocer sitios nuevos, me llevaba a la playa, al campo o a la montaña. Me encantaba viajar en coche.

Un día algo cambió. Ya no eramos dos sino tres en casa, alguien a quién yo no conocía llegó para quedarse y, de pronto, no sé porqué todo fue distinto. 

Ya no gozaba de tardes completas en el sofá, ya no me acariciaba o hablaba como hacía antes, los paseos eran cortos y escasos, ya no podía descansar junto a la chimenea sino en una fría y oscura habitación. En cualquier caso yo le quería y seguía estando para él.

Otra vez todo cambiaba. Mis humanos se comportaban de forma distinta, parecía que alguien nuevo llegaría a nuestras vidas y, así fue.

    Después de unos días alguien pequeño llegaba en sus brazos, no sé quien era porque no me lo presentaron, solo oía llantos mientras estaba en esa habitación fría y oscura. 

    Pero un día parecía que todo volvía a su ser, parecía que nos íbamos de vacaciones, ¡Bien, adoraba ir de vacaciones! ¿Cuál sería nuestro destino? ¿Que aventuras nos esperarían ésta vez? Montamos en el coche ¡Cómo me gusta viajar en coche!

    Hicimos una parada en un sitio no demasiado bonito. Supuse que sería para descansar. Había más coches, olía a gasolina, había una pequeña tienda, no vi perros por allí. Los coches paraban y se marchaban a los pocos minutos. ¿Qué sitio es éste? Me bajaron del coche, me pusieron la correa y me ataron a un palo alto que tenía una luz muy arriba.

    Allí me quedé sentado, esperando. Cuando quise darme cuenta el coche se estaba marchando. Intenté ir detrás de el, pero no pude, estaba atado. Ladré desesperado, ¡se habían olvidado de mí! Seguí ladrando esperando a que volvieran y alguien se me acercó. Alguien que no olía demasiado bien. Desprendía olor a perro, ese olor me evocaba un sentimiento de tristeza, no sé porqué. 

    Me desató de aquel palo, ¡Bien! Pensé que me llevarían de nuevo con mi humano y sin embargo me metieron en una jaula dentro de una furgoneta. No entendía nada. Allí no olía bien. También olía a perro pero no ví ninguno.

    Después de un rato de viaje paramos de nuevo. Escuché perros ladrar pero no eran mis colegas. Sus ladridos eran de desesperación. No sabía que pasaba. 

    Me sacaron de la jaula con una correa que me ahogaba. Me bajaron de esa furgoneta que olía tan mal y me metieron en otra jaula un poco más grande donde hacia frío y estaba solo. Escuchaba a otros compañeros ladrar, todos estaban en la misma situación que yo. Si llovía me mojaba, ya no salía de paseo, ya no me acariciaban, ya nadie me hablaba. Una vez al día alguien venía y me daba de comer, algunos días ni eso. Seguía sin entender nada. Después de unas semanas, ese mismo hombre que olía tan mal, me sacó de la jaula y me llevó hacia un coche. De repente ya no me gustaba viajar en coche, creo que no sería para ir de vacaciones. Me llevaron a otro sitio, allí no escuché más perros ladrar, era un ambiente triste y desolador, parecía sentir el alma de otros compañeros que antes que yo pasaron por allí.  

    Me subieron a una camilla y me pusieron una inyección, empecé a tener sueño, mucho sueño y de repente nunca más desperté.”

    Hoy nos hemos metido en el corazón de un perro que un día lo tuvo todo, un día fue feliz y conoció el calor de hogar. Un día sin más lo perdió todo, le abandonaron.

    Ésta es la triste realidad a la que cada día se enfrentan miles de perros en nuestro país que pasan de tener el amor de una familia a sentir el frío y la soledad de un chenil.

    Por ello si decides acoger un perro hazlo con responsabilidad. Piensa en las necesidades que tienen y piensa en que vivirá una media de 14 años. ¿Estás dispuesto a quererlo y cuidarlo durante todos esos años? 

    No fomentes la cría, la compra o la venta de perros porque en las perreras y protectoras hay cientos, miles de ellos esperando encontrar un hogar. 



    Thais Ortiz 

    Aprendiz de perro

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